


La guitarra está atrapada. La guitarra flamenca contemporánea no sabe adónde va. Ha perdido sus referentes. Y mira a todos lados, y no mira a ninguno. Se acoge a fórmulas gastadas o se deja arropar como un niño asustado. Por orquestas sinfónicas o virtuosos de otros géneros. Gerardo Núñez marca los tiempos, marca las pautas desde su humildad de concertista. Núñez se queda esta noche solo en la escena, apenas secundado por la base rítmica de su cómplice, el cajón del Cepillo. Acude a la fórmula más antigua del género flamenco, del género musical. La cabeza de Núñez echa humo, bulle de ideas, de música. Las manos de Núñez echan humo sobre el mástil. Las manos y la cabeza de Núñez bullen de compases. La cabeza y las manos de Núñez bullen de melodías. Y de armonías. Al origen, a lo primero. La vanguardia siempre ha consistido en descubrir el pasado, reinventarlo. El guitarrista Gerardo Núñez, bandera de una generación de intérpretes y maestro de otra, que ha tendido la mano flamenca a los saxofonistas, a los trompetistas, a los pianistas, a los contrabajistas más reputados de Europa y América, se nos presenta esta noche en solitario, con la sola compañía de su inseparable escudero, Sancho flamenco, El Cepillo. Más ese bagaje musical y humano está ahí. En cada nota se percibe la sombra de la trompeta de Paolo Fresu, del saxo de Perico Sambeat o del contrabajo de John Patitucci, compañeros de tantas noches.
Pero, como nos enseña el poema de Gilmagesh, sólo quién vuelve del largo viaje comprende que este no necesita hacerse, pero nadie que no lo emprenda puede llegar a esta comprensión. Es decir, que sólo el que muere en vida puede renacer. Gerardo ha resucitado. Se ha reencontrado con la raíz, después de haber recorrido el mundo.