


Gran espectáculo de variedades flamencas. La variedad es la sucesión de dos energías, ying y yang. Luz y sombra. En este espectáculo Rocío se olvida de todo lo externo para hacer lo más sencillo, lo más difícil del mundo: desnudarse. Gustarse. Una obra, ésta, que es una declaración de amor. Rocío Molina baila aquí a la guitarra, a la sombra, y más allá: inventa sombras, inventa guitarras que están a años luz de distancia, exactamente en sus huesos. En 'Turquesa como el limón' baila, incluso, la interviú con que Laura Rozalén la piropea. Baila incluso las críticas. Se ríe de ella, de la compulsión por la comida, de la compulsión por el baile. Se ríe de ella misma: del orondo perfil de la Macarrona, de la baja estatura física de Carmen Amaya. Laura es la luz de las alegrías y el garrotín, universos en las manos, brazos, hombros, cabeza, ojos, sonrisa. Rocío es la sombra de la soleá, el zapateado. Dos sabores, la bata de cola antigua, con la técnica de entonces. Y el baile vertiginoso del futuro. Tan del presente como aquella. Dos sabores, variedades flamencas.